San Valentín todos los días

Hoy hace 17 años que Papá Comprometido y yo comenzamos nuestra relación. Eramos solo unos adolescentes, unos amigos que un día se dieron cuenta que querían ser algo más.

Viniste a buscarme a clase, “obligándome” a hacer peyas para que me fuera contigo. Aún me duele el coscorrón que nos dió Patricia al tratar de juntar nuestras caras. Y me sigo poniendo tierna cuando recuerdo lo colorado que estabas al darme la rosa. Y a mi hermana haciendo preguntas absurdas.

Recuerdo las tardes en el Zona Límite jugando online, el ponernos ciegos a chuches y chocolate, nuestra primera cena en la salseria, nuestra primera película en el cine (con lo poco que te gusta el cine español), nuestros primeros regalos de “cumplemes” que aún conservo.

También recuerdo que no todo ha sido fácil, los miedos, las dudas, los obstáculos que hemos superado. Las discusiones por cabezonería, las idas de olla, las malas contestaciones. Y las disculpas, el saber rectificar, el aprendizaje.

Y los detalles. Esos que nos hacemos a diario, sin ningún objeto más que el ver sonreír al otro, ya sea un “te quiero” nocturno o una bolsa de pipas para pasar la tarde.

Y me quedo con todo eso, con lo bueno y lo malo, con todo el camino recorrido y el que nos queda por recorrer, en hacer cada día un San Valentín, seguir adelante, seguir construyendo, seguir adelante.

Son 17 años y aún no entiendo cómo pasaron tan rápido. Pero firmo ya por pasar los siguientes a tu lado.

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50 cosas sobre mí #conocememejor

Este post es para que me conozcáis un  poco mejor, así que ahí van 50 cosas sobre mi:

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1. Soy Leo y creo firmemente en el horóscopo porque me identifico plenamente con cómo me describe.

2. Me encanta leer, he llegado a leerme hasta 6 libros a al semana, eso antes de ser madre, claro. Ahora me conformo con uno al mes.

3. Me gusta mucho el cine, sobre todo de acción y fantástico. Nada como una buena ración de leches o una empresa épica para disfrutar a tope.

4. Vivo en un pueblo pero soy de ciudad. Nací en Lavapiés y me siento de allí aunque no volvería a vivir en Madrid capital.

5. Me encanta la música y cantar, de hecho tengo un karaoke que me regaló mi marido y hago competiciones con los amigos.

6. Bailar me gusta pero no sé me da muy bien, soy arritmica total pero si hay que bailar se baila.

7. He sido vigilante de seguridad, con mi metro cincuenta y poco y mis 50 kilos. Soy bajita, pero siempre llego a todos lados.

8. Mi marido mide 1’90. No, no tengo tortícolis de mirarle. Ni tengo problema para darnos un beso.

9. Me hubiera gustado estudiar medicina forense o periodismo, pero con 19 años me puse a trabajar porque estábamos muy justos en casa y se necesitaba colaboración.

10. Juego videojuegos, tanto en consola como en PC. Y tengo varias consolas, incluso retros.

11. También he sido lotera, repartiendo ilusión (mucha) y millones (pocos).

12. Tengo dos hermanas más pequeñas, una de ellas tiene una hija de 14 años.

13. Me gusta mucho el anime y los mangas. Tengo una buena colección de ambos.

14. También me gustan los juegos de rol y sigo jugando actualmente casi todos los fines de semana.

15. Práctico tiro con arco y me encanta. Es una experiencia muy enriquecedora pero no cazo, no tengo estómago.

16. Me encantaría practicar esgrima pero en muy caro.

17. Mi color favorito es el azul. Odio el rosa aunque cedo en algunas cosas.

18. Me casé de blanco y con una gran cola rosa. Si lo hubiera habido en azul lo habría llevado.

19. Solo me casé por lo civil, nada de iglesia.

20. Creo en Jesucristo pero más como hombre que trató de hacernos mejores personas que como hijo de Dios.

21. Me hicieron bullying en el colegio, incluso con acoso sexual. Pero gracias a mi madre conseguí que no me afectara y continuar adelante.

22. Me crié con mis abuelos paternos, mi madre trabajaba de tarde. Esto fue hasta los 6-7 años.

23. Con esa edad me hacía cargo de mi hermana pequeña de tres años. Siempre fui muy responsable.

24. Con 11 años cuidaba a los hijos pequeños de mis vecinos. Siempre me han gustado los niños.

25. Solo tenía una abuela, mi madre es huérfana desde los 11 años.

26. Pero tenía gran cantidad de tías abuelas que me suplían a la que me faltaba.

27. Me apasiona la historia. He dado clases particulares de ello y siempre he conseguido que aprobaran con buena nota pero no me gusta enseñar.

28. Estudié bachillerato de letras aunque no lo terminé, espero hacerlo pronto.

29. Gracias a mis estudios de lenguas clásicas estuve participando en unas excavaciones arqueológicas en Alcalá de Henares. Una experiencia magnífica.

30. Me encanta el dulce, soy tremendamente golosa y me pierden las chuches y el chocolate.

31. A pesar de tener padres fumadores, jamás he dado una calada aún cigarrillo. Me da mucho asco.

32. El alcohol no me entusiasma. No me niego a un mojito o un Gin rosado pero puedo vivir sin ello.

33. Sin embargo soy adicta a la Coca-cola. Y no la he dejado ni en los embarazos, aunque ahí la tomaba sin cafeína.

34. Soy muy amigable y no me cuesta hablar con la gente. Y aunque la conozca de hace poco, soy capaz de hacer favores sin ningún problema.

35. Eso me ha dado algún que otro chasco en la vida, pero he descubierto que yo soy feliz así y que los demás verán con su conciencia.

36. Mi madre se separó de mi padre cuando tenía 16 años. No tengo contacto con él, es mala persona.

37. Para mí mi padre es mi padrastro, es genial y siempre ha estado ahí cuando lo he necesitado.

38. Tuve depresión, medicada y con psiquiatra. Gracias a mi chico y nuestras familias salí del hoyo en solo un año.

39. Me compré mi casa con 24 años, tres años antes de estallar la burbuja, pero no me arrepiento ni pizca.

40. Tengo una pitón. Se llama Cleopatra. Es genial tocarla, parece plástico.

41. Siempre he tenido animales en casa, desde perros y gatos, a peces, periquitos, canarios, palomas, conejos, patos, hámsters, erizos…

42. He pasado la mayor parte de mis veranos en una finca de la tía de mi madre. Con piscina y mucho espacio. Allí aprendí a nadar y a montar en bici.

43. Vivía en casa de mi abuelo materno. Era mi abuelo favorito y yo su nieta favorita. Cada 8 de mayo compro una margarita en su honor por su cumpleaños.

44. Mi padrastro y mi marido se llaman igual. Incluso se parecen físicamente. Y en carácter.

45. En cambio tenemos prohibido repetir nombres en la familia. Me parece poco original e imaginativo.

46. No soy racista, no me importa tu preferencia o tu identidad sexual. Somos personas todas y merecemos respeto.

47. Me encanta viajar, pero no tengo dinero. Si me tocará la lotería viviría viajando durante unos cuantos años.

48. Solo he tenido dos novios, el segundo es con quién me casé. Y no me arrepiento (aún).

49. Tengo carnet de conducir pero no lo hago, no me gusta nada. Lo tengo para emergencias y aún así, trato de escaquearme.

50. Me encantan las redes sociales, a pesar de sus trolles y sus locas. He conocido a muy buena gente ahí y me quedo con eso.

Ser “la mamá de…” no me molesta

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Tengo amigas que odian ser conocidas como “la mamá de…” Sienten que es una forma de invisibilizarlas, de pasar de ser Marta o Julia a solo la madre de sus hijos y perder su identidad. Un día eres Elena, al siguiente solo la mamá de Diego. Así, de golpe y porrazo.

Pero yo no estoy de acuerdo. Yo no siento haber pasado de ser quien soy a ser solo “la mamá de…”. No lo siento y os voy a decir por qué: porque soy “la mamá de…” solo en la puerta del colegio/guardería, porque en el chat salgo con mi nombre aunque sea seguido de ese “mamá de…” para identificarme mejor. Fuera de eso soy solo yo, como madre, como amiga, como esposa…

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Desde el momento 0 en que supe que iba a ser madre me conciencié y conciencié al resto a que habría cosas que cambiarían, que ya no podría tener ni el mismo aguante, ni seguir el mismo ritmo, que controlaría mis conversaciones para que no se centraran solo en niños y que debían entender que necesitaríamos un tiempo de adaptación.

Y lo entendieron, lo asumieron y aquí siguen, casi seis años después de mi maternidad, aguantandome y animandome a seguir. No negaré que alguna se quedó por el camino, pero bueno, asumo que no estaba preparado para el siguiente nivel de amistad y punto. Ni niego que me he busacado amistades nuevas con las que debatir de maternidad, que también lo necesito para desahogarme.

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Las conjugo todas ellas. Desde la parte friki con los de siempre, a las sinceras que compartieron conmigo la maternidad, pasando por las 2.0 y las de la puerta de colegio/guardería/parque. Todas son importantes y necesarias para mi. Todas forman parte de mi día a día y tanto sé que puedo contar con ellas como que ellas pueden contar conmigo. No soy solo “la mamá de…” Soy yo en todo mi explendor. Y me encanta.

 

 

Guerreros vikingos e intensidad

Los berserker (también ulfhednar) eran guerreros vikingos que combatían semidesnudos, cubiertos de pieles. Entraban en combate bajo cierto trance de perfil psicótico, casi insensibles al dolor, fuertes como osos o toros, y llegaban a morder sus escudos y no había fuego ni acero que los detuviera.[1]​ Se lanzaban al combate con furia ciega, incluso sin armadura ni protección alguna; hasta se ha testimoniado el caso de que se lanzaban al agua antes de tiempo desde un drakkar y se ahogaban sin que nada se pudiera hacer.[cita requerida] Su sola presencia atemorizaba a sus enemigos e incluso a sus compañeros de batalla, pues en estado de trance no estaban en condiciones de distinguir aliados de enemigos*

 

Cuando nació mi hijo le apodamos Grillo por una asociación tonta entre su diminutivo y su hermana mayor al pronunciarlo. Pero en poco tiempo lo cambiamos por berserker. Porque aunque suene fuerte decirlo, mi hijo entra en un trance destructor/histérico cada vez que ocurre algún cisma en su corta vida.

Siendo bebé el cisma era no meterle el biberón a tiempo en la boca, lo que provocaba gritos histéricos y de muy elevada intensidad a intempestivas horas de la madrugada (desde aquí agradezco a mis vecinos que me aguanten y, sobre todo, que no hayan llamado a servicios sociales pensando en que andábamos destripando al susodicho). Después venía la intensidad por no poder dormir a pesar del sueño que tuviera, así que otros 45 minutos de paseo+nanas+palmaditas hasta que caía en brazos de Morfeo (el del sueño, no el de Matrix).

Ahora que tiene año y medio algunas crisis las vamos solventando sin tanta intensidad pero el momento “noche y hambre” sigue siendo apoteósico (de verdad que lo siento vecinos). Hasta que llegan los virus. Este fin de semana la intensidad ha sido tan extrema que la que acabó llorando fui yo. Dos horas y media de llanto inconsolable en intensidad máxima y con unos gritos que ríete tú de la Callas, acabaron con mis ya machacados nervios.

El lunes el pediatra nos dijo que tenía una otitis de caballo, así que normal que se quejara. Y aparece la culpa, esa pequeña perra asquerosa que desde que nace un niño, vive agazapada para darte un estrujón de vez en cuando. ¿Y por qué apareció? preguntaréis, pues muy fácil: porque no ser capaz de calmar a tu propio hijo, el desesperarte y gritarle te hacen sentir una mierda.

Que es normal, que todos nos desesperamos, pero cuando es algo como esto, la sensación es peor, como si fueras un fraude como madre. Vale, que nadie nace aprendido, que hay que ir ajustando cada día porque no hay dos niños iguales y cada uno tiene sus cosas. Y ajustas, respiras e intentas seguir hasta la siguiente crisis. Te planteas el luchar las batallas según vayan viniendo y mandar a la culpa por el balcón.

Y luego viene la parte que te rompe los esquemas y te saca de tu miseria: la sonrisa de mi niño. Esa sonrisa pícara y medio desdentada, como queriendo decirme “tranquila, mamá, que vamos bien”.

*fuente Wikipedia.

Cambios

Empecé el blog hace una año, publique un par de entradas y… Si, lo dejé abandonado, pero que conste que fue por causas justificadas.

La primera de todas que estaba peleándome con mi empresa para que me hicieran la reducción de jornada, la cual tuve que reclamar judicialmente. Una vez logrado me chupé todos los sábados en turno partido. Por lo menos entre semana tenía todas las tardes para estar con mis hijos.

 

Esa es la segunda razón, los niños, o mejor dicho, el grillo chillón. La maternidad con mi primera hija fue un paseillo, una niña de trato muy fácil y nada exigente que me permitía mucho tiempo libre. Pero el grillo no, él debe estar encima de mí todo el santo día. Tiene 19 meses y hace mes y medio que logramos que duerma la noche de tirón. Así que de escribir ni hablamos.

Y así llegamos a la última de las razones: mi despido. Si, después de darme por saco con la reducción, una empresa que estaba en venta y que le daba igual que les pasara a sus empleados, la nueva empresa decidió no continuar con mis servicios después de trece años. Así que me puse a estudiar oposiciones y eso, quieras que no también me restó tiempo para escribir.

Aún no se si aprobé las opciones y estoy en medio de otras pero durante este año he descubierto a gente maravillosa, blogeras y no blogeras que se han convertido en parte de mi día a día y que me han dado fuerzas para intentarlo de nuevo. Va por tod@s vosotr@s. A veces los cambios son para bien.

Así empezó todo

Esta semana se cumplieron 16 años desde que el papá comprometido (vamos a llamarlo PC a partir de ahora para abreviar) se presentó en mi clase de latín para “secuestrarme”. Una hora después y mucho cachondeo por parte de los amigos, reunió el valor suficiente para pedirme salir y entregarme una rosa por ser San Valentín. Si, así es, el PC me pidió salir en San Valentín. Cursiladas a parte, he de decir que yo no tenía muy claro que esto fuera a llegar tan lejos. Solo le quería para un ratito. Pero el muy zorro supo ganarseme poco a poco hasta que estar con él fue mi mejor decisión.

El PC no es perfecto, ni mucho menos, ni el más guapo o el que más dinero tiene, pero si es capaz de hacerme reír casi en cualquier situación, ha luchado a mi lado en batallas en las que yo misma me había dado por vencida, ha sabido adaptarse a mi carácter (y yo al suyo, no todo lo va ha hacer él), siempre hemos llegado a acuerdos y hemos construido una relación fuerte y duradera.

No todo ha sido fácil. PC juega muchas horas al ordenador y hay veces que le tengo que poner límites como a los niños, pero es verdad que a mi me pasa lo mismo cuando pillo un libro. Es despistado y tengo que recordarle las cosas constantemente, como la hora a la que salgo del trabajo, que en doce años ha sido siempre la misma. A veces discutimos, somos bordes el uno con el otro y nos decimos tonterías, pero al final siempre llegamos a un acuerdo.

Así que, aquí estamos, 16 años después, con hipoteca, boda y niños por en medio. Con una depresión que casi me cuesta mi esencia como persona, con unas familias que nos quieren y nos apoyan ( y también nos dan caña cuando lo necesitamos), con amigos comunes que son casi familia y con un cuatropatas llorón y mimoso que fue nuestro primer bebé.

Por todo esto, por lo bueno y lo malo, por las risas y las lágrimas, por los buenos y los malos momentos, por ser como somos, no cambio a mi PC por nada del mundo. Feliz aniversario, por muchos años más.

Que es una Bimadre Imperfecta?

Pues eso, una mamá de una princesa vampira y un grillo llorón, que va corriendo de acá para allá como pollo sin cabeza, que no llega a todo y que un día se planta y decide aceptar que no es perfecta, que no quiere serlo y que es feliz con sus imperfecciones. Y lo que es mejor, que sus hijos también son más felices así, imperfectos.

Quiero dejar claro que a mi nadie me vendió la moto de esa maternidad edulcorada que te venden los anuncios de productos infantiles. Sabía que iba a ser duro, que tendría mil dudas, que los niños son impredecibles y que no hay dos iguales, pero asumía que si mi madre pudo hacerlo, en otra época con menos avances y menos concienciación, no iba a ser para tanto. Yo contaba con un papá comprometido y dos pares de abuelos jóvenes cerca para los imprevistos. ¡Qué ilusa!

 

Así que emulando a varios amigos he decidido que yo también tengo ganas de contar como llevo mi imperfecta maternidad, que quiero compartir mis risas y mis lágrimas con aquellos que deseen leerme.

Bienvenidos a mi primera entrada, espero que haya muchas mas.